De chica me encantaba invitar a todos a mi casa, pero no me gustaba quedarme a dormir en lugares ajenos.
Esa noche fui a dormir a lo de mi vecina y mejor amiga, solo porque estaba casi ofendida, repitiéndome todo el tiempo que "Nunca venís a mi casa".
La habitación de ella no era muy grande, ni gran cosa, y la compartíamos con su abuela, una mujer de unos setenta y pico de años, ochenta si es que ya no los había cumplido, casi muda, y para colmo, le faltaban todos los dientes, lo que no solo era una desventaja a la hora de tomar mate, (Obviamente nunca le aceptaba uno, no es que sea mala persona, pero me da asco) si no también a la hora de comprenderla.. Siempre acentuaba con la cabeza lo que decía, pero sin siquiera molestarme por entender.
A mi siempre me tocaba el colchón en el piso, entre medio de la cama de mi amiga, y la de su abuela. Tendría unos siete años, quizás seis, cuando ya era tarde y decidimos irnos a dormir.
Soy una persona demasiado exigente a la hora de conciliar el sueño: Ahora de grande uso de esos antifaces o como sea, que me cubren los ojos y no permiten que vea ni un puntito de luz que me distraiga, así como tiene que haber un silencio sepulcral para que, quien les habla, pueda dormir plácidamente y jamás debe de faltarme la bolsa de agua caliente, cual vieja chota, ya que siempre tengo los pies helados y no puedo dormir con medias.
La familia vecina tenía la costumbre de dejar la luz del baño toda la noche prendida, para que la señora pudiera levantarse e ir, como era costumbre, 5 o 6 veces por noche, conforme lo necesitara.
La luz me daba justo en la cara, entonces ahí estaba yo: En un concierto de ronquidos y flatulencias ajenas, que me causaban entre asco y risa. Hasta que como por arte de magia, me desmaye en aquel añejo colchón.
Por la madrugada, empecé a sentir frío, y recuerdo bien lo que hacía: Agarraba bien fuerte las sábanas y las tiraba lo más fuerte posible para taparme. Luego comencé a sentir cosquillas, por lo que empecé a mover los pies, intentando así, mediante la fricción, acabar con tal comezón. Hasta que empecé a sentir algo, que más que hacerme reír, empezó a asustarme: Alguien estaba agarrandome los pies mientras intentaba dormir.
Increíble fue la desesperación que sufrí a tan temprana edad, y por culpa de mi inocencia y miedo, hice lo que mi instinto me indicó: "Vos entrá a pegar patadas Florencia, patea hasta que se te salgan las piernas de lugar" y al no poseer la valentía suficiente para mirar a qué pateaba, comencé a hacerlo hasta que mi amiga se despertó por la brusquedad de mi acto y pegó un alarido, algo que escuché fuerte y claro, gritaba: ¡¡Abuela!!.
La vieja se había levantado al baño, y se había caído. Como no tenía mucha voz ni nada, quiso despertarme a mi, y no tuvo mejor forma que hacerlo de esa manera, tocándome.
Nadie me culpó, porque de hecho no le hice nada, y si lo hice, ella nunca lo dijo. (A veces suelo pensar que el hecho de que nadie le entendiera una mierda habrá influido en eso, o sea que si alguna vez me puteó, jamás me enteré) Pero es el día de hoy que me avergüenzo, y me pregunto si por casualidad mi amiga recordará aquella incómoda ocasión.
PS: El título no tiene nada que ver con nada, es sobre otra historia, pero fue lo primero que se me ocurrió.